Confesiones: Cuando una cultura laboral te hace creer que el problema eres tú…
Ella, un día llegó…
No imaginaba que entraría a una organización donde la cultura terminaría pesando más que el talento.
Donde las comparaciones reemplazaron a la colaboración, donde las conversaciones privadas fueron sustituidas por exposiciones públicas y donde los rumores comenzaron a tener más valor que los hechos.
Poco a poco, el ambiente fue cambiando a las personas.
Los compañeros dejaron de alegrarse por el crecimiento de otros y comenzaron a competir entre sí.
La confianza se esfumó.
El apoyo fue reemplazado por la necesidad de proteger el propio lugar.
(Cuando una cultura premia el miedo, las personas aprenden que señalar a otro puede ser más seguro que decir la verdad).
Y a pesar de todo, ella creía en el aprendizaje continuo; pero recibía mensajes que buscaban desanimarla de seguir creciendo. Al mismo tiempo, otros eran impulsados a alcanzar esas mismas certificaciones y metas.
No parecía importar que todos crecieran.
Parecía importante decidir quién debía quedarse atrás.
(…)
A menudo, el Líder optaba por exponer el mal trabajo del «equipo» o de «un miembro» en particular, en las reuniones con terceros y dejando en duda la credibilidad de todos, menos de sí mismo.
Y así…
Cada episodio, por sí solo, podía parecer pequeño; pero juntos fueron desgastando la dignidad propia, la tranquilidad y la confianza que tenía en sí misma.
Después llegó el momento más difícil de su vida, la enfermedad de un familiar.
Durante este tiempo, una persona de su equipo empezó a enviar directamente las revisiones y el trabajo a un nivel superior, pasando por alto su rol como jefe. Más que una búsqueda de soluciones, aquello transmitía el mensaje de que ella no era capaz de dirigir ni de tomar decisiones.
En respuesta a esta situación, encontró una cultura donde la productividad parecía tener más valor que la humanidad. Mientras enfrentaba uno de los dolores más grandes de su vida, también comenzó a sentir que perdía el respaldo de todos.
Las conversaciones cambiaron.
Las críticas aumentaron.
Hasta que un día se reunió a todo el equipo para hablar de ella.
Muchos coincidieron en que «ella» era el problema.
Que los hacía quedar mal.
Que ellos eran las víctimas.
En ningún momento alguien se preguntó qué tipo de cultura había llevado a un grupo de personas a verse como adversarios en lugar de compañeros.
Porque siempre es más fácil responsabilizar a una persona que cuestionar un sistema entero.
Con el tiempo decidió irse…
Y entonces parecía que todo había terminado.
Había perdido su trabajo.
Había perdido a su padre.
Los recursos económicos escaseaban.
El futuro parecía haberse quedado sin respuestas.
Pero aquello que para muchos parecía el final, para Dios apenas era el comienzo:
Se abrió una puerta inesperada…
Se le permitió acceder a una nueva oportunidad, donde su conocimiento era valorado, donde podía seguir desarrollándose profesionalmente, continuar estudiando, prepararse y crecer sin tener que pedir permiso para ser mejor. Un lugar donde se habla de seguridad psicológica y donde el liderazgo va más allá de engrandecer el ego de una o varias personas, sino de fomentar el servicio hacia los demás.
Así que ella comprendió que el propósito de Dios nunca depende de una oficina, de un cargo o de la opinión de un grupo.
Y que, a veces, la pérdida más dolorosa termina siendo el camino hacia la libertad más grande.
Y que, cuando Dios abre una puerta, no solo cambia el lugar donde trabajas, también transforma la manera en que vuelves a verte a ti mismo.
